'Jerezano', el corcel indomable.

Capítulo 1: En busca del burrero perdido.
Finca de Almerana, día de los Santos hace ya algunos años. Bajo la sombra de una encina reposamos disfrutando del paisaje ajenos a lo que el destino nos tenía predestinado. El dia está siendo satisfactorio a base de risas, solito, birras, y una gran gama de pepitos de lomos (que no falten). Sobre las 6 de la tarde considero saciada mi sed de pienso. Cualquier otro año sería el momento de echarse unos cubatitas y sentarse pero ese año, por alguna fuerza invisible, conectamos en una única idea universal: alquilar un burro. Es así como comenzamos los preparativos para la aventura. Cuatro de nosotros cargamos nuestros cubatitas de litro y medio y unos pepitos con cuarto y mitad de panceta; teniendo suministros, la búsqueda será mas amena. Gafitas de sol y ‘a juí’.
En busca del especimen perfecto el paseo es agradable: esos canis en moto haciendo el caballito a tu vera, esas niñitas echando la pota...., en fin amigos, de esos días que te alegras de estar vivo. Poco a poco nos alejamos de la Almenara profunda para adentrarnos en la Almenara del mundo del dominó y progenitores varios, en busca del ansiado burrero.
Al fin encontramos premio, solo era cuestión de tiempo. La comunicación con el burrero se antojaba complicada pues no teníamos ni puñetera idea de castellano antiguo de la época precolombina, así que nos limitamos a señalar uno de los dos burros, a simple vista, el que parecía mas sano. Nos extranó un poco que el hombre dudase en la elección del animal, ya que el otro estaba cojo con síntomas graves de Auswich. Del Burrero solo pudimos entender un par de palabras: “media hora” y “Jerezano”. Al principio dudamos si “Jerezano” era el nombre del burro o el suyo. El trueque fuctificó y continuamos nuestra andanza con un medio de transporte que aparentemente parecía fiable.
Capítulo 2: El indómito espíritu de Jerezano.
Al principio todo era felicidad y alegría. Mientras nos desplazábamos de un sitio para otro Jerezano respondía satisfactoriamente a nuestras peticiones. Mientras nos turnábamos para montarnos de 2 en 2 algo empezó a torcerse. Me tocaba bajarme y noté cierta intranquilidad en el animal pero no le di mas importancia. El siguiente, mi primo Antonio, se subió con algo mas de dificultad que al principio, ya que Jerezano, cada vez mas inquieto, se tambaleaba mientras intentábamos montarle, resistiéndose. La situación en principio no debería haber pasado a mayores pero cometimos un terrible error. La situación acaparaba toda nuestra atención sin darnos cuenta del escenario donde el pequeño rodeo estaba teniendo lugar, y es que no había ni tres metros cuadrados de campo donde no hubiera una candela con sardinas, una paella, unas cuantas candelas, mesas repletas de tapas, vasos, pepitos….y cuando intentamos controlar la situación era demasiado tarde; Jerezano había sacado toda su furia y en el peor de los escenarios: “la batalla de Almenara” había comenzado.
Por todos es sabido que en el campo el plato fuerte viene sobre las 6 de la tarde, la paella. No se que es lo que les pasaría por la cabeza al paellero cuando vió a Jerezano arramplar con la candela y meter las pezuñas en el peró con mi primo Antonio gritando: ¡Jerazáaaaanooooo, wooo, woooo, Jerezáaaaaano!. Nosotros (Ricardo, Moi y yo) lo único que podíamos hacer es intentar apaciguar su indómito espíritu pero lo único que conseguíamos era seguir la estela de destrucción que dejaba y ponerlo mas nervioso y que mi primo Antonio se cagara en nuestra madre al ver que había perdido todo control sobre el animal estando en su lomo, como un mono en lo alto de un perro, todo ello mientras los lugareños alzában las manos gritándonos que qué coño estábamos haciendo. Primero la paella a tomar por culo, luego un par de mesas y unas cuantas sillas y a comer en otro sitio señores…, pero lo que mas temía era la paliza que nos podríamos llevar de alli. Yo no sabía si salir por patas o echarle un escudo y una lanza a mi primo para que saliese de alli con vida cuando Jerezano parase. El premio gordo vino cuando Jerezano echó a correr hacia una pequeña carpa que unos tipos habían montado cual caseta de feria.
- ¡soo, Jerezáano, tranquilo, soooooo!
- ¡wooooo, JEREZÁAAANO, WOOO, WOOOOOOO!
Por todos es sabido que en el campo el plato fuerte viene sobre las 6 de la tarde, la paella. No se que es lo que les pasaría por la cabeza al paellero cuando vió a Jerezano arramplar con la candela y meter las pezuñas en el peró con mi primo Antonio gritando: ¡Jerazáaaaanooooo, wooo, woooo, Jerezáaaaaano!. Nosotros (Ricardo, Moi y yo) lo único que podíamos hacer es intentar apaciguar su indómito espíritu pero lo único que conseguíamos era seguir la estela de destrucción que dejaba y ponerlo mas nervioso y que mi primo Antonio se cagara en nuestra madre al ver que había perdido todo control sobre el animal estando en su lomo, como un mono en lo alto de un perro, todo ello mientras los lugareños alzában las manos gritándonos que qué coño estábamos haciendo. Primero la paella a tomar por culo, luego un par de mesas y unas cuantas sillas y a comer en otro sitio señores…, pero lo que mas temía era la paliza que nos podríamos llevar de alli. Yo no sabía si salir por patas o echarle un escudo y una lanza a mi primo para que saliese de alli con vida cuando Jerezano parase. El premio gordo vino cuando Jerezano echó a correr hacia una pequeña carpa que unos tipos habían montado cual caseta de feria.
- ¡soo, Jerezáano, tranquilo, soooooo!
- ¡wooooo, JEREZÁAAANO, WOOO, WOOOOOOO!
- ........
- …….¡QUITARSE COJONEEE!.........
Supongo que correr frente a un toro de Miura debe ser algo similar a lo que contemplé aquella tarde cuando Jerezano entraba en la carpa esparciendo las ascuas de la candela y mandando todo el tinglao a tomar por culo. Antonio lo único que sabía era gritar ¡yo no soy, no responde, sá vuelto loco!!, mirando para todos los del lugar como un intento desesperado de librarse de la paliza y para que lo rescatásemos de todas las miradas acusadoras. Observando nuestros caretos la gente comenzó a entender que el animal estaba desbocado y sin control, y poco a poco se nos fueron uniendo para conseguir apaciguarlo. Cuando conseguimos reducirlo dimos las pertinentes explicaciones muy bien acogidas, pero los daños colaterales eran numerosos.
Echamos una mano intentando levantar la “zona zero” mientras tres o cuatro vigilaban a Jerezano. Cuando todo terminó no hizo falta ni una palabra para saber qué es lo que se nos estaba pasando por la cabeza: devolver ese puto bicho. Lógicamente mientras ibamos a buscar al burrero, a Jerezano no lo montó ni perry. En el reencuentro con el burrero sobraron palabras, solo con el cruces de miradas que le echamos el burrero agachó la cabeza. Sólo le faltó pedir perdón y decir “tengo hambre”.
De vuelta a la encina las preguntas eran inevitables. Contamos nuestra hazaña y continuamos nuestra fiesta, ya que al fin y al cabo, solo era una pequeña anécdota de un día en un pequeño pueblo de la vida de este chico.
- …….¡QUITARSE COJONEEE!.........
Supongo que correr frente a un toro de Miura debe ser algo similar a lo que contemplé aquella tarde cuando Jerezano entraba en la carpa esparciendo las ascuas de la candela y mandando todo el tinglao a tomar por culo. Antonio lo único que sabía era gritar ¡yo no soy, no responde, sá vuelto loco!!, mirando para todos los del lugar como un intento desesperado de librarse de la paliza y para que lo rescatásemos de todas las miradas acusadoras. Observando nuestros caretos la gente comenzó a entender que el animal estaba desbocado y sin control, y poco a poco se nos fueron uniendo para conseguir apaciguarlo. Cuando conseguimos reducirlo dimos las pertinentes explicaciones muy bien acogidas, pero los daños colaterales eran numerosos.
Echamos una mano intentando levantar la “zona zero” mientras tres o cuatro vigilaban a Jerezano. Cuando todo terminó no hizo falta ni una palabra para saber qué es lo que se nos estaba pasando por la cabeza: devolver ese puto bicho. Lógicamente mientras ibamos a buscar al burrero, a Jerezano no lo montó ni perry. En el reencuentro con el burrero sobraron palabras, solo con el cruces de miradas que le echamos el burrero agachó la cabeza. Sólo le faltó pedir perdón y decir “tengo hambre”.
De vuelta a la encina las preguntas eran inevitables. Contamos nuestra hazaña y continuamos nuestra fiesta, ya que al fin y al cabo, solo era una pequeña anécdota de un día en un pequeño pueblo de la vida de este chico.
A la memoria de Jerezano.

